EL GOLF: BELLO OCIO Y MEJOR NEGOCIO

Hace poco oía decir en TV al gran profesional y maestro de golf Manolo Piñeiro que: “no existen campos feos”. Yo diría que, al menos, los hay menos favorecidos. En cualquier caso, si se podría hablar de gustos, tópicos y “pelotazos”.

La gran mayoría de los practicantes al golf muestra su predilección por esos campos de postal que a menudo vemos en el circuito de la PGA americana, con árboles perfilando las calles y bonitos lagos enmarcando los greenes; lo que en muchos lugares del mundo anglosajón se conocen como “Parklands”. Muchos de estos aficionados se quedan auténticamente espantados cuando visitan o ven en la televisión los campos tipo “Links” que jalonan las zonas costeras de las Islas Británicas. Estos recorridos austeros, sin arbolado y con una escasa vegetación autóctona propia de las zonas dunares (que es en realidad donde surgió básicamente este deporte) en mi opinión, poseen una belleza extraordinaria, precisamente por su sobria e inquietante desnudez. Unos y otros poseen elementos estéticos suficientes como para hacer de este juego el más privilegiado de todos ya que, en general, se disputa y disfruta en escenarios de naturaleza asombrosa. Lo que no es de recibo es cuando se utiliza el golf como pretexto para otras actuaciones más bien encaminadas a la mera especulación y el negocio inmobiliario puro y duro. Aquí los diseños de campos sufren por todos los lados, ya que el recorrido de golf no es el protagonista ni el fin en si mismo, más bien es el medio para vender el correspondiente “ladrillo”. Es cierto que muchos campos no existirían sino se hubiera realizado in situ el proyecto urbanístico correspondiente. Créanme, en muchos casos conocidos, no se hubiera perdido absolutamente nada. No quiero decir con esto que todos los campos que han nacido paralelamente a una iniciativa urbanística sean, por ende, un despropósito.

Los hay decentes y hasta buenos (la excepción) pero en la mayoría de los casos están supeditados al fin primordial de la iniciativa, que no es otro que el negocio inmobiliario: el diseño del recorrido se adapta a la urbanización y no al revés; la finca en cuestión no se aprovecha para crear grandes hoyos, sino más bien para situar grandes viviendas; las calles se dibujan no ya entre hermosos árboles o sinuosas dunas, sino entre chalets y adosados. El golf queda así atrapado y prostituido y sirve como señuelo para la venta, perdiendo muchas veces su esencia y personalidad. “Money for nothing”.

Pedro A. GarcĂ­a Hernando